Nunca pensé que una vida
pudiera cambiar en un segundo.
Recuerdo la lluvia golpeando
el parabrisas, unas luces acercándose demasiado rápido y mis manos girando el
volante. Después, el ruido del metal y la oscuridad.
Cuando desperté en el
hospital, lo primero que hice fue mirar mis manos. Parecían intactas. Diez
dedos, ninguna herida grave. Sentí alivio. Soy cirujano y, durante años, esas
manos habían sido mi herramienta más importante.
Entonces intenté mover los
dedos de la derecha.
El índice respondió. El pulgar
también. Pero el corazón y el anular se movieron con una torpeza que nunca
había sentido.
—Con rehabilitación
recuperarás la movilidad —me dijeron.
No fue así.
Puedo coger un vaso, escribir
o abrocharme una camisa. Para cualquiera, mi mano funciona perfectamente. Para
mí, no. En un quirófano, unos milímetros pueden separar el éxito del desastre.
Durante meses repetí los
mismos ejercicios. Sujetar una aguja, mover pequeñas piezas, tocar cada dedo
con el pulgar. Mejoré, pero nunca recuperé aquella precisión absoluta.
A veces pienso que el
accidente no dañó solamente mi mano. También se llevó la seguridad con la que
entraba cada día al quirófano.
Ahora observo mis antiguos
instrumentos guardados en un cajón. Algunas noches tomo el bisturí e intento
recordar quién era antes.
Pero mi mano siempre vuelve a
temblar.
Entonces lo guardo.
Un segundo bastó para cambiar
mi vida.
Y todavía no sé qué hacer con
la que me queda.