La puerta entornada

 

La puerta del baño quedó entornada.

Solo una rendija.

La suficiente para que la luz blanca cayera sobre el pasillo como una línea mal cerrada.

Nuria se quedó inmóvil frente a ella.

Llevaba el teléfono en la mano, todavía encendido, todavía inútil.

Había llamado tres veces.

Primero a su madre.

Luego a urgencias.

Después a nadie.

Dentro, el grifo seguía abierto con un hilo mínimo de agua.

Ese sonido era lo único que se atrevía a vivir en la casa.

Nuria apoyó la frente en la madera.

No empujó.

No quiso ver más.

Ya había visto bastante: la toalla caída, el espejo empañado, una zapatilla sola junto al lavabo.

Y aquella mano quieta al otro lado de la bañera.

Entonces comprendió que algunas puertas no separan habitaciones.

Separan el antes del después.

Y que, a veces, una vida entera cabe en una rendija que nadie se atreve a abrir.