El vaso seguía en la mesilla.
Medio lleno.
Con una pequeña burbuja pegada al cristal, como si el agua también hubiera decidido esperar.
Marcos lo miró desde la puerta del dormitorio.
No se atrevía a entrar.
La cama estaba hecha, pero no bien hecha. Una esquina de la sábana había quedado torcida, igual que cuando ella la estiraba deprisa antes de ir al trabajo.
Todo parecía corregible.
Ese era el engaño.
El abrigo en la silla.
Las zapatillas junto al armario.
El libro abierto boca abajo, detenido en una página que nadie terminaría.
Marcos avanzó despacio y tocó el borde del vaso.
Estaba frío.
Entonces recordó la última frase que ella le había dicho desde la cama, con una voz apenas audible:
—Déjalo ahí. Luego bebo.
Y comprendió, con una claridad insoportable, que la muerte no siempre se lleva una vida entera.
A veces deja un vaso medio lleno para que alguien siga muriéndose alrededor de él.