El plato cubierto

 

El plato seguía en la mesa.

Tapado con otro plato, como ella hacía siempre para que la comida no se enfriara.

Julián entró sin hacer ruido.

Dejó las llaves en el recibidor y vio la cocina encendida al fondo, demasiado limpia, demasiado quieta.

Había una servilleta doblada.

Un vaso colocado a la izquierda.

Pan cortado en tres trozos exactos.

Todo preparado para alguien que llegaba tarde.

Se acercó al plato y levantó despacio la tapa.

La sopa ya estaba fría.

Entonces miró la silla vacía frente a él.

La silla donde ella se sentaba a esperarle, aunque fingiera que no esperaba.

Sobre la encimera, el teléfono fijo tenía una luz roja parpadeando.

Un mensaje sin escuchar.

Julián no lo puso.

No hizo falta.

Comprendió que hay despedidas que no llaman desde lejos.

Se quedan en una cocina encendida, guardando una cena que nadie volverá a compartir.