El ascensor se quedó parado entre dos pisos.
No hubo golpe.
Solo un temblor breve, una luz amarilla y luego silencio.
Dentro, Andrés apretó el botón de alarma.
Una vez.
Dos.
Tres.
Nadie respondió.
Miró el móvil.
Sin cobertura.
Entonces vio la bolsa de papel en el suelo.
Dentro llevaba una tarta pequeña, dos velas y una tarjeta que había escrito en el portal porque nunca sabía decir las cosas a tiempo.
Perdóname por llegar siempre tarde.
No sabía que, tres plantas más arriba, su padre estaba sentado junto a la ventana, con el abrigo puesto y la mesa preparada para dos.
No sabía que había mirado el reloj por última vez.
Andrés apoyó la espalda contra la pared metálica.
El ascensor siguió inmóvil.
Y comprendió que hay retrasos que no duran minutos.
Duran toda una vida.