El paraguas estaba apoyado junto a la puerta.
Cerrado.
Goteando sobre el felpudo.
Lucía lo miró desde el pasillo, sin entender por qué le dolía tanto un objeto tan pequeño.
Él siempre lo dejaba abierto en la bañera.
Siempre.
Decía que los paraguas también necesitaban secarse por dentro.
Pero aquella tarde alguien lo había dejado allí deprisa.
Mal cerrado.
Como si la casa hubiera recibido una noticia antes que ella.
En la mesa del recibidor seguían sus guantes, las llaves y una bolsa de farmacia con el recibo arrugado.
Lucía llamó su nombre.
Una vez.
Luego otra.
El piso no contestó.
Solo el agua cayendo del paraguas, gota a gota, midiendo algo que ya no era tiempo.
Entonces vio la marca húmeda de unos zapatos avanzando hacia el dormitorio.
Y comprendió que algunas tormentas no vienen del cielo.
Entran en casa caminando.
Y dejan la lluvia en la puerta para que alguien la encuentre después.