La persiana a medias

 

La persiana quedó detenida justo en mitad de la ventana.

Ni abierta.

Ni cerrada.

Desde la calle podía verse una franja estrecha del interior: una lámpara encendida, humo suspendido en el aire y una silla caída junto a la mesa.

Nada más.

Los vecinos empezaron a fijarse al tercer día, cuando comprendieron que aquella luz no se apagaba nunca.

Llamaron.

Esperaron.

Golpearon la puerta hasta hacerse daño en las manos.

Pero dentro no respondió nadie.

Porque hay momentos en los que una vida no termina de golpe.

Simplemente queda atrapada… entre dos posiciones de las que ya no puede salir.