El agua llevaba horas desbordándose.
Caía lentamente sobre las baldosas del baño, avanzando por el pasillo como una lengua fría que buscara algo fuera de aquella habitación.
La luz seguía encendida.
Dentro de la bañera, el agua aún estaba tibia.
Había ropa doblada sobre la silla.
Un anillo junto al lavabo.
Y en el espejo empañado, una sola palabra escrita con el dedo antes de desaparecer:
“Vuelvo”.
Pero nadie volvió.
Porque a veces una promesa no se rompe cuando se olvida.
Se rompe cuando el tiempo descubre que ya no queda nadie capaz de cumplirla.