La luz del pasillo

 

La bombilla del pasillo llevaba días parpadeando.

Nadie la cambiaba.

Cada noche, al volver del hospital, Clara se detenía debajo de ella con las llaves en la mano, esperando a que la luz decidiera si seguía viva o no.

Aquella noche no llevaba flores.

Tampoco llevaba prisa.

Solo una bolsa pequeña con unas zapatillas, un peine y el jersey azul que él no había llegado a ponerse.

Abrió la puerta despacio, como si dentro todavía hubiera alguien durmiendo.

El piso olía igual.

Eso fue lo peor.

Dejó la bolsa sobre la mesa, encendió la lámpara del salón y escuchó el silencio ocupar cada habitación con una precisión cruel.

Luego volvió al pasillo.

La bombilla parpadeó tres veces.

Clara levantó la vista.

Durante un segundo absurdo pensó que era una señal.

Pero la luz se apagó del todo.

Y entonces comprendió que hay casas que no se quedan vacías cuando alguien muere.

Se quedan encendidas por dentro, esperando a una persona que ya no sabe volver.