Compró una barra de pan al volver del médico.
La llevó bajo el brazo como si llevara una noticia cualquiera.
En el portal saludó al vecino.
Sonrió incluso.
Dijo que hacía frío.
Subió los tres pisos despacio, apoyándose en la barandilla, sin soltar la bolsa.
Al entrar en casa, dejó las llaves en el cuenco de siempre.
El abrigo en la silla.
La receta sobre la mesa.
Después se quedó quieto en mitad de la cocina.
Durante unos segundos miró la barra de pan.
Todavía estaba caliente.
Entonces comprendió que ya no tenía a quién partirle la mitad.
Y fue en ese gesto pequeño, no en el diagnóstico, donde se le rompió la vida.
La bolsa quedó abierta.
El pan, intacto.