La luz del pasillo llevaba tres días encendida.
Nadie sabía quién la había dejado así.
Ni la vecina del segundo, que siempre escuchaba detrás de la puerta.
Ni el cartero, que ya no llamaba porque el buzón estaba lleno.
Ni el hijo, que había prometido pasar el domingo y fue aplazando la promesa hasta que dejó de parecer una promesa.
Dentro del piso, todo estaba en su sitio.
La taza en el fregadero.
Las zapatillas junto al sofá.
El mando de la televisión sobre la manta doblada.
Solo faltaba una cosa.
El pequeño ruido de una vida.
Cuando abrieron la puerta, la luz del pasillo entró primero, como si todavía quisiera avisar.
Pero llegó tarde.
En la mesa había una nota sin terminar.
No decía adiós.
Decía:
“Cuando vengas…”