La ventana abierta

 
La lluvia entraba despacio por la ventana del salón.

Nadie la cerraba.

Las cortinas mojadas se movían con un ritmo extraño, casi humano, como si alguien acabara de atravesarlas hacía unos segundos.

Sobre el suelo, las fotografías empezaban a deformarse bajo el agua.

Los rostros se borraban primero por los ojos.

Luego por la boca.

Luego por completo.

En el edificio de enfrente, una anciana seguía mirando hacia aquella casa con la luz encendida.

Llevaba horas haciéndolo.

Porque sabía que, desde aquella noche, la ventana nunca volvía a abrirse sola.