El número equivocado

Sonó el timbre a las tres de la madrugada.

Nadie esperaba a nadie.

Al abrir, solo había un hombre empapado bajo la lluvia, respirando como quien ha corrido durante horas para llegar tarde.

—Perdón —dijo mirando el número de la puerta—. Me he equivocado.

Pero no se marchó.

Sus ojos seguían clavados en el interior de la casa, recorriendo las paredes, los muebles, las fotografías… como si acabara de encontrar algo que llevaba años buscando.

O perdiendo.

Entonces sonrió.

No de alivio.

Ni de alegría.

Era la sonrisa rota de quien comprende, demasiado tarde, que sí había llegado al lugar correcto.