El semáforo cambió.
Verde.
Pero nadie avanzó.
El coche de delante permanecía inmóvil, con las luces encendidas y el motor aún vivo, como si el tiempo dentro de él siguiera funcionando… pero ya no para nadie.
Un claxon sonó detrás.
Luego otro.
Después, silencio otra vez.
Porque alguien abrió la puerta.
Y entendieron.
No era duda.
No era distracción.
Era abandono.
El coche seguía en marcha.
Pero quien debía conducirlo… ya no estaba allí para llegar a ninguna parte.