El olor despertó a los vecinos antes que las sirenas.
Una tostada seguía ardiendo dentro de la cocina, convertida ya en una forma negra e irreconocible bajo el humo.
La cafetera aún estaba caliente.
La radio hablaba sola.
Y sobre la mesa, junto a una taza a medio llenar, descansaban unas llaves que nadie llegó a coger.
Los bomberos recorrieron el piso en silencio.
No encontraron fuego suficiente para explicar aquella ausencia.
Solo una casa detenida exactamente a mitad de una mañana que nunca llegó a empezar.