El teléfono dejó de sonar antes de que pudiera alcanzarlo.
Se quedó mirando la pantalla apagada, como si aún hubiera algo al otro lado.
Un segundo más… y habría contestado.
Un gesto mínimo.
Una palabra.
Tal vez un perdón.
Tal vez un adiós.
Pero no llegó.
El silencio volvió a ocupar la habitación, más denso que antes, como si supiera que acababa de cerrar algo que ya no se abriría nunca.
El registro de llamadas seguía ahí.
Un número conocido.
Una última oportunidad… que no volvería a marcar.