El vaso que no se rompió

 

El vaso seguía en el borde de la mesa.

Demasiado cerca.

Demasiado expuesto.

Había sido empujado. Apenas un roce. Lo suficiente para iniciar la caída… pero no para terminarla.

Se quedó inclinado, sostenido por un equilibrio absurdo, como si el tiempo hubiera decidido detenerse justo antes del impacto.

El agua dentro vibraba.

Un temblor mínimo, constante, incapaz de resolverse.

En la habitación, nadie respiraba.

Nadie se movía.

Porque todos sabían que bastaba un milímetro más… para que todo se rompiera.

Y aun así, nadie se atrevía a tocarlo.