El abrigo llevaba horas en el suelo.
Nadie lo recogía.
Había caído desde la barandilla de la escalera, como si alguien lo hubiera soltado en mitad de un gesto interrumpido… o en mitad de una decisión que ya no podía sostener.
Aún conservaba la forma del cuerpo que lo habitaba.
Un leve pliegue en los hombros.
La curva exacta de unos brazos que ya no estaban.
En el rellano, el eco de una puerta cerrándose demasiado deprisa seguía suspendido en el aire.
Nadie subió.
Nadie bajó.
Y el abrigo, lentamente, empezó a perder su forma… como si también él entendiera que ya no tenía a quién esperar.