El pomo frío

No estaba cerrado con llave.
Lo supe en cuanto apoyé la mano.
El pomo cedió con una facilidad que no esperaba, devolviéndome un frío ajeno, como si nadie lo hubiera tocado en horas… o en días.

Me quedé así, inmóvil, con los dedos rodeando el metal.
Al otro lado no había ruido alguno, ni pasos, ni respiración, ni el más leve indicio de vida.
Solo ese silencio compacto que no anuncia nada bueno.

No entré.
Tampoco retiré la mano.
Había en ese gesto suspendido algo definitivo, una certeza que no necesitaba ser confirmada.
Cruzar el umbral habría sido aceptar lo que el cuerpo ya sabía.

El pomo siguió enfriándose bajo mi piel.
Y en ese contacto entendí que hay despedidas que no necesitan palabras ni escenas finales:
basta con una puerta que ya no opone resistencia.

Solté el pomo.
Y al hacerlo, supe que lo que había quedado atrás no iba a volver a abrirse jamás.