La luz del contestador


Parpadeaba en rojo, intermitente, obstinada.
Una pequeña luz en la esquina del salón, casi invisible de día, pero imposible de ignorar en la penumbra.

No recordaba haber dejado ningún mensaje pendiente.
No esperaba llamadas.
Y sin embargo, ahí estaba: ese punto luminoso insistiendo en que alguien había hablado cuando yo no estaba.

Me acerqué despacio, como si el sonido pudiera activarse solo con mi proximidad.
El botón de reproducción parecía intacto, ajeno al peso que contenía.
Un mensaje.
Solo uno.

No lo escuché.
No quise convertir esa espera en certeza.
Mientras la luz siguiera parpadeando, el mensaje seguía siendo posibilidad:
una voz conocida, una explicación tardía, un error.

Pero en el fondo sabía que no era ninguna de esas cosas.
Era otra cosa.
Algo definitivo.

La luz roja continuó titilando, paciente, como un corazón pequeño que late en una casa demasiado grande.
Y entendí que a veces no duele lo que se dice,
sino saber que ya ha sido dicho…
y uno no estuvo allí para oírlo.