Estoy seguro.
Recuerdo la luz entrando sin obstáculos, el cielo apagándose poco a poco detrás del cristal.
Pero al volver, la persiana estaba a medio bajar, detenida en un punto impreciso, como si alguien hubiera cambiado de opinión a mitad del gesto.
No estaba cerrada.
Tampoco abierta.
Suspendida.
La franja de luz que aún se filtraba dibujaba líneas torcidas sobre el suelo, cortando la habitación en dos mitades desiguales.
Una iluminada, la otra definitivamente oscura.
Como si la casa misma dudara entre mostrar lo que quedaba o esconderlo para siempre.
Me acerqué despacio.
El cordón colgaba inmóvil, sin tensión, sin explicación.
Nadie había tirado con fuerza.
Nadie había terminado el movimiento.
No la subí.
No la bajé.
Porque entendí que hay decisiones que se quedan así:
a medio camino, marcando el lugar exacto donde alguien no supo —o no quiso— continuar.