La ventana estaba abierta cuando desperté.
No de par en par, solo lo suficiente para que el aire nocturno entrara sin pedir permiso.Las cortinas se movían despacio, como si alguien acabara de marcharse y el cuarto aún no se hubiera dado cuenta.
La calle permanecía en silencio.
Ningún coche, ningún paso, ninguna voz.
Solo esa abertura innecesaria, absurda, en una casa que siempre había sido cuidadosa con los cierres.
Me acerqué.
El alféizar estaba frío, húmedo por el rocío.
Demasiado frío para ser un descuido reciente.
Demasiado exacto para haber sido el viento.
No había señales de huida ni de regreso.
Solo una ventana abierta en mitad de la noche, señalando hacia fuera, como una invitación tardía o una despedida mal calculada.
La cerré despacio.
Y al hacerlo entendí algo que no supe nombrar:
hay ausencias que no entran por la puerta.
Simplemente se escapan por una rendija cuando nadie mira.