Seguí el cable con la mirada hasta encontrarlo: el teléfono reposaba en el suelo, descolgado, como si hubiera caído al final de una conversación que nadie quiso terminar.
El auricular oscilaba levemente, empujado por una corriente de aire que no supe de dónde venía.
Ese movimiento mínimo hacía que el zumbido subiera y bajara, como una respiración cansada, como un último intento de decir algo que ya no podía escucharse.
Me incliné para recogerlo, pero no llegué a tocarlo.
Había algo en ese gesto interrumpido, en esa llamada abierta al vacío, que me hizo retroceder.
El teléfono parecía conservar, aún en su silencio, el eco de una voz que no se había despedido.
El cable, tenso, seguía apuntando hacia la mesa, hacia el lugar donde alguien había estado sentado… y donde, ahora, solo quedaba un hueco preciso, incómodo, definitivo.
Comprendí entonces que lo más cruel no es el silencio:
es la línea abierta hacia alguien que ya no va a responder.