La puerta entreabierta del armario

No debería haber estado abierta.
La dejé cerrada por la mañana, como siempre, con el leve clic que confirma que nada queda fuera de lugar.
Pero ahora, en la penumbra de la habitación, la puerta del armario estaba entreabierta unos centímetros, apenas lo suficiente para insinuar una sombra en su interior.

Me quedé quieto, conteniendo la respiración.
La rendija dejaba escapar un hilo de aire frío, distinto al de la habitación, como si dentro hubiera quedado atrapada otra temperatura…
otra presencia.

La ropa colgaba inmóvil, pero había un hueco que no recordaba haber dejado.
Un espacio vacío entre las perchas, una forma ausente que sugería que alguien había estado allí.
O que había salido hace muy poco.

Extendí la mano hacia el tirador, pero no llegué a tocarlo.
Algo en esa oscuridad parecía observarme desde dentro, como si esperara mi gesto para revelar lo que no debía ser revelado.

Retrocedí.
A veces, comprender no es abrir la puerta.
Es aceptar que no queremos saber quién —o qué— la dejó entreabierta.