Ni una marca de dedos en el vidrio, ni una gota derramada, ni el más leve rastro de haber sido tocado.
Era como si el tiempo hubiera decidido detenerse justo antes del primer sorbo.
La silla frente a él permanecía ligeramente retirada, como si alguien estuviera a punto de sentarse…
o acabara de levantarse para no volver.
La luz de la tarde entraba oblicua por la ventana, iluminando los bordes del vaso y creando un brillo que hacía aún más evidente su inutilidad.
Me acerqué despacio.
El agua estaba fría, demasiado fría para haber esperado tanto.
Sentí un escalofrío: alguien la había servido hacía muy poco.
Miré alrededor.
Nada fuera de lugar.
Ningún sonido.
Ninguna pista.
Solo un vaso lleno en una habitación vacía, recordándome que no todas las despedidas se anuncian.
Algunas simplemente dejan lo cotidiano en pausa, como si la vida se interrumpiera a mitad de un gesto y nadie se atreviera a completarlo.