El espejo empañado

El baño aún estaba tibio, como si alguien acabara de ducharse.
El vapor cubría el espejo con una capa densa, uniforme, sin un solo rastro de dedos, sin una frase escrita, sin un gesto que delatara presencia humana.
Solo una niebla perfecta, silenciosa, suspendida.

Me acerqué despacio.
El cristal exhalaba un calor triste, un calor que no reconocía.
Pasé la mano por la superficie, pero el empañamiento volvió a cerrarse al instante, como si el espejo no quisiera mostrarme nada.
Como si protegiera un secreto que yo ya había empezado a intuir.

El toallero estaba vacío.
La luz temblaba.
El suelo mostraba apenas unas gotas que no sabía si eran de agua… o de ausencia.

Ese baño había contenido una vida hacía minutos, quizá segundos.
Y ahora solo devolvía un silencio húmedo, un reflejo que no quería coincidir conmigo.

Comprendí que hay despedidas que no suenan cuando se marchan:
solo dejan detrás un espejo que rehúsa mostrar la verdad.