El mantel impecable, los cubiertos alineados, el pan aún caliente dentro de la cesta.
El vapor del plato servía como un recordatorio cruel de que la cena había sido preparada con la convicción de que alguien se sentaría allí.
Pero la silla frente a mí permanecía vacía.
Tan vacía que parecía rechazar cualquier intento de llenar su silencio.
El reloj de la pared marcaba los minutos con un ritmo impasible, mientras el plato se enfriaba poco a poco, como un corazón que deja de insistir.
No probé bocado.
No quería que ese gesto rompiera el último hilo que aún ataba esta noche a lo que fue.
La ausencia tiene un modo preciso de ocupar espacio, y esta vez había elegido sentarse justo frente a mí.
Con el paso de los minutos, la comida perdió su forma, su aroma, su calor.
Y comprendí que lo más doloroso no era que nadie hubiera venido…
sino haber sabido, desde el principio, que nadie vendría.