La cama sin arrugas

La habitación estaba demasiado ordenada.
No había nada fuera de lugar: la manta estirada con precisión, las almohadas perfectamente alineadas, la silla sin una sola prenda colgando.
Todo tan impecable que parecía una escena preparada, una habitación que no pertenece a nadie.

Y sin embargo, esa perfección tenía algo inquietante.
La cama estaba hecha, sí… pero hecha con una exactitud que no reconocía.
Como si alguien hubiese querido borrar incluso la sombra de un cuerpo que ya no volvería a habitarla.

Me acerqué despacio.
Toqué la superficie lisa de la colcha.
Fría.
Tan fría que parecía no haber sido tocada en días, aunque yo sabía que esa misma mañana aún estaba desordenada.

No había carta.
No había maleta.
No había nada.
Solo una cama sin arrugas, anunciando un silencio demasiado grande para ser accidental.

Entendí entonces que hay despedidas que no hacen ruido:
se limitan a borrar cada marca, cada rastro, como si nunca hubiéramos dormido allí.