La puerta del hospital

La puerta se cerró con un sonido seco, metálico, definitivo.
Detrás quedó el pasillo blanco, el olor a desinfectante y las voces bajas de los que esperan.
Afuera, el aire tenía otro peso, como si el mundo siguiera sin permiso.

Me quedé quieto, con la mano aún sobre el pomo, incapaz de soltarlo.
Era absurdo: una puerta, nada más. Pero al cerrarse, había dividido la vida en dos mitades que ya no se tocarían.

El viento de la calle traía ruidos lejanos: bocinas, pasos, una ambulancia que se perdía en la avenida.
Todo seguía igual. Solo yo había cambiado, sin que nadie lo notara.