La tormenta había derribado todo: ramas, cables, ventanas.
Pero en la habitación, sobre la mesa, una vela seguía encendida.
Su llama temblaba, obstinada, resistiendo al viento que entraba por los cristales rotos.
Pero en la habitación, sobre la mesa, una vela seguía encendida.
Su llama temblaba, obstinada, resistiendo al viento que entraba por los cristales rotos.
Me quedé mirándola, hipnotizado por su fragilidad.
Parecía imposible que algo tan pequeño siguiera en pie, iluminando los restos de una noche que se había vuelto ajena.
A su alrededor, el suelo estaba cubierto de polvo, agua y vidrios.
Y sin embargo, aquella luz diminuta seguía ardiendo, como si aún quedara algo por decir.
Entendí entonces que la resistencia no siempre ruge; a veces solo titila.