El viento traía olor a sal y despedida.
Las olas rompían una tras otra, idénticas, ajenas al silencio que me envolvía.
Frente a mí, el banco seguía allí, el mismo de siempre, pero vacío.
Las olas rompían una tras otra, idénticas, ajenas al silencio que me envolvía.
Frente a mí, el banco seguía allí, el mismo de siempre, pero vacío.
Durante años fue el punto de encuentro: las conversaciones al atardecer, las promesas que sonaban eternas, las risas que se perdían entre las gaviotas.
Ahora solo quedaba el eco, ese hueco donde antes había alguien.
Me senté a su lado, sin tocarlo, como si el aire aún guardara su forma.
El mar no decía nada, pero entendí su lenguaje: hay ausencias tan profundas que solo el horizonte se atreve a sostenerlas.