Una simple silla.
De madera, ligera, cotidiana.
Pero en su caída había algo inquietante, una interrupción súbita en la quietud habitual de la casa.
El eco del golpe todavía parecía flotar en el aire, mezclado con un silencio que pesaba demasiado.
No había señales de lucha, ni desorden, ni nada fuera de lugar… excepto esa silla derrotada, tendida en el suelo como un cuerpo al que nadie se atrevió a levantar.
Me acerqué despacio.
Toqué el respaldo, aún tibio, como si el instante anterior no hubiera terminado del todo.
Y en esa tibieza sentí la huella de una presencia evaporada justo antes de que yo llegara.
No la enderecé.
No quise borrar la única pista de lo que había ocurrido.
A veces, los objetos hablan en caída libre.
Y enderezarlos es como silenciarlos para siempre.