El último cigarrillo

La llama del mechero tembló antes de encenderse, como si también dudara.
El humo ascendió despacio, recortándose contra la oscuridad del callejón.
Era el último cigarrillo, no porque se hubiera acabado el tabaco, sino porque ya no había motivo para fumar otro.

El silencio pesaba, interrumpido solo por el eco de un coche lejano y el chisporroteo del papel consumiéndose.
Cada bocanada sabía a despedida, a algo que debía haberse dicho y nunca se dijo.

Al final, lo dejé caer al suelo y observé cómo el fuego se apagaba, devorado por la lluvia reciente.
No había tristeza, solo un vacío sereno, como si el aire, por fin, respirara por mí.