La puerta entreabierta

No recordaba haberla dejado así.
La puerta estaba entreabierta, apenas un palmo, dejando escapar una línea de luz que cortaba la oscuridad del pasillo.

El silencio del otro lado era tan profundo que dolía.
Sabía que bastaba con empujarla para saber la verdad, pero el miedo pesaba más que la curiosidad.
Esa rendija parecía una herida: un umbral hacia algo que ya no pertenecía a este mundo o, peor aún, hacia algo que seguía esperándome.

El aire olía a polvo y despedida.
Di un paso, luego otro. La madera crujió bajo mis pies como si intentara avisarme.
Y entonces comprendí que hay puertas que no se abren para entrar, sino para recordar lo que ya se fue.