El teléfono que no sonó

Esperé toda la noche, sentado frente al teléfono.
El silencio se volvió tan denso que podía oír mi propia respiración rozando el aire.
Cada sombra del reloj sobre la pared parecía burlarse de mí, moviéndose despacio, sin compasión.

El teléfono permanecía inmóvil, ajeno, como un animal dormido que no piensa despertar.
Sabía que no iba a sonar. Lo supe desde el principio.
Y aun así, seguí mirando, como si la insistencia pudiera torcer el destino.

Cuando el amanecer empezó a filtrarse por la ventana, el timbre que nunca llegó se convirtió en algo más: la prueba silenciosa de que el olvido también tiene su propio sonido.