El vaso roto sobre la mesa

El sonido fue mínimo, casi un suspiro.
El vaso se inclinó, giró sobre sí mismo y cayó, rompiéndose en mil fragmentos sobre la madera.
Durante un segundo, el silencio pareció contener el golpe, como si la casa se negara a aceptarlo.


El agua se deslizó lentamente por la mesa, avanzando hacia el borde, formando ríos diminutos que reflejaban la luz de la tarde.

No hice nada.
Solo observé cómo se descomponía la forma, cómo lo cotidiano se volvía irreparable.

Hay momentos en los que algo tan simple como un vaso que se rompe basta para recordarte todo lo que ya no puede recomponerse.