El reloj que siguió sonando

La casa estaba vacía desde hacía días, pero el reloj del pasillo seguía marcando el tiempo.
Su tic-tac constante era lo único que se negaba a desaparecer, un corazón mecánico latiendo entre paredes que ya no escuchaban.

Cada segundo parecía un eco del pasado: la risa que se apagó, la conversación interrumpida, el portazo final.
El aire tenía ese olor agrio que deja la ausencia, y sin embargo el reloj insistía en su tarea, ajeno al abandono.

Me quedé allí, observando su esfera amarillenta, la aguja temblorosa avanzando con obstinación.
Entonces comprendí que el tiempo no espera, ni respeta el duelo, ni detiene su pulso.
Solo sigue.
Aunque ya no quede nadie para escucharlo.