El golpe había sido seco.
El reloj cayó desde la repisa y se detuvo justo al tocar el suelo, con las manecillas señalando una hora que ya no existía.
El cristal roto reflejaba trozos de la habitación: la ventana entreabierta, la cortina movida por el viento, el vacío donde antes había voces.
El reloj cayó desde la repisa y se detuvo justo al tocar el suelo, con las manecillas señalando una hora que ya no existía.
El cristal roto reflejaba trozos de la habitación: la ventana entreabierta, la cortina movida por el viento, el vacío donde antes había voces.
Me quedé mirando el reloj, incapaz de recogerlo.
Era solo un objeto, pero en su silencio había algo definitivo, como si el tiempo hubiera decidido dejar de insistir.
No hacía falta repararlo.
A veces, detener el tiempo es la única forma que encuentra la vida para decir basta.