El viento soplaba con fuerza aquella tarde, arrastrando hojas, polvo y un silencio extraño.
En mitad del puente, colgando de la barandilla, alguien había dejado un abrigo.
Oscuro, pesado, empapado por la llovizna.
En mitad del puente, colgando de la barandilla, alguien había dejado un abrigo.
Oscuro, pesado, empapado por la llovizna.
No había nadie alrededor, solo el rumor del agua golpeando las piedras del río.
El abrigo se movía apenas, como si aún recordara el cuerpo que lo habitó.
No quise acercarme demasiado: había en su quietud una tristeza que no pedía testigos.
Seguí caminando, pero esa imagen me acompañó durante días.
Porque hay objetos que no esperan ser encontrados: solo quedarse ahí, en silencio, para señalar el punto exacto donde alguien decidió no regresar.