La encontré en la orilla, resistiendo el vaivén del agua como si perteneciera a otro mundo.
Una maleta cerrada, muda, desafiando la sal y la espuma.
No tenía etiquetas, ni huellas, ni marcas que contaran su historia.
Una maleta cerrada, muda, desafiando la sal y la espuma.
No tenía etiquetas, ni huellas, ni marcas que contaran su historia.
Me acerqué, pero no la toqué.
Temí que al abrirla se derramaran todos los secretos que el mar había decidido guardar.
Así permanecí, observando cómo cada ola la reclamaba, sin lograr llevársela del todo.
Comprendí entonces que algunos viajes no comienzan ni terminan.
Simplemente quedan varados, como esa maleta en la arena.