Me miré en el espejo, pero no estaba allí.
El marco era el mismo, el vidrio intacto, y sin embargo solo reflejaba la pared y la luz detrás de mí.
Busqué mi rostro, mis manos, cualquier rastro de mi presencia, pero el espejo se negaba a reconocerme.
El marco era el mismo, el vidrio intacto, y sin embargo solo reflejaba la pared y la luz detrás de mí.
Busqué mi rostro, mis manos, cualquier rastro de mi presencia, pero el espejo se negaba a reconocerme.
Un frío recorrió mi espalda, como si mi cuerpo hubiese dejado de pesar en el mundo.
Comprendí que hay ausencias más profundas que las de una persona en una casa vacía: la ausencia de uno mismo en su propio reflejo.
Allí, en ese cristal sin memoria, supe que había dejado de existir.