El aire olía a humedad y a abandono.
En mitad del asfalto, un paraguas negro yacía abierto, caído de lado, como un animal herido que nadie se detuvo a socorrer.
No había viento que lo moviera, ni sombra cercana que explicara su presencia.
Me quedé observándolo.
Era un objeto común, insignificante, y sin embargo contenía una historia rota: alguien lo sostuvo, alguien lo soltó, alguien ya no volvió por él.
El agua resbalaba aún por su tela tensa, marcando líneas que parecían venas.
El silencio de la calle lo convirtió en testigo mudo, en huella absurda de un instante que no presencié.
Y entonces comprendí: los objetos a veces son más fieles que la memoria, porque se quedan donde el miedo, la prisa o la tragedia obligan a los cuerpos a desaparecer.