Entre ellos, una hoja de papel se aferraba al suelo, empapada, casi deshecha.
Me agaché y distinguí las palabras torcidas por la humedad.
Era una carta, escrita a mano, pero ya ilegible.
Lo único claro era una firma, un nombre que nunca sabría a quién pertenecía.
El resto eran manchas, trazos corridos, frases ahogadas en agua.
Alguien la había escrito con urgencia, quizá con amor, quizá con rabia, y ahora no quedaba nada de su voz.
Sentí un vacío extraño: no era mi historia, no eran mis palabras, y sin embargo la pérdida me atravesó como si también me perteneciera.
Porque comprendí que hay mensajes destinados a no llegar jamás, a romperse antes de encontrar su destino.