La carta empapada en la acera

La lluvia había terminado hacía horas, pero en la acera quedaban charcos que atrapaban reflejos turbios de farolas cansadas.
Entre ellos, una hoja de papel se aferraba al suelo, empapada, casi deshecha.
Me agaché y distinguí las palabras torcidas por la humedad.
Era una carta, escrita a mano, pero ya ilegible.

Lo único claro era una firma, un nombre que nunca sabría a quién pertenecía.
El resto eran manchas, trazos corridos, frases ahogadas en agua.
Alguien la había escrito con urgencia, quizá con amor, quizá con rabia, y ahora no quedaba nada de su voz.

Sentí un vacío extraño: no era mi historia, no eran mis palabras, y sin embargo la pérdida me atravesó como si también me perteneciera.
Porque comprendí que hay mensajes destinados a no llegar jamás, a romperse antes de encontrar su destino.