Un zapato solitario, torcido, con la suela gastada y el cordón deshecho.
No había más rastro.
Ni pasos arriba, ni sombra abajo.
Solo ese objeto absurdo, testigo de algo que acabó de golpe.
Me incliné para recogerlo, pero me detuve.
Sentí que si lo tocaba iba a desatar la memoria de lo que había ocurrido allí: la prisa, el tropiezo, la caída, la desaparición.
El silencio pesaba tanto que parecía contener un grito aún atrapado en las paredes.
Entonces comprendí que hay ausencias que se anuncian con un detalle mínimo, y que basta un zapato olvidado para contar la tragedia entera.