Me recuesto en la madera áspera. El aire huele a hierro y multitud. El murmullo se agranda, pero yo solo escucho el tambor dentro de mi pecho. Pienso: ¿será ahora? El filo todavía está arriba, pero ya corta en mi mente.
Un recuerdo me atraviesa: la voz de mi madre llamándome en la infancia, el calor de un verano que no volverá. Todo eso se amontona en un segundo que no cabe en mi cuerpo. El miedo es un animal que araña por dentro, pero también hay calma: no hay más elecciones, no hay más caminos.
Siento el frío en la nuca. Oigo el mecanismo tensarse. Por un instante me digo: quizá algo ocurra, quizá aún me llamen, quizá me perdonen… Y entonces, el golpe.
Caigo. Pero sigo siendo. No tengo cuerpo, no hay aire en mis pulmones, sin embargo, escucho todavía el grito lejano de la multitud, como si viniera desde un túnel. Mis ojos parpadean solos. Intento hablar, pero no hay boca que responda. Todo soy yo, suspendido, reducido a pensamiento puro.
Es un vacío extraño, una conciencia desatada, un relámpago que sabe que se apaga. Y antes de hundirme en la nada, me sorprendo pensando: aún existo… pero ya no soy.