El reloj sin agujas

El reloj estaba ahí, en lo alto, presidiendo la estación vacía.
Pero no tenía agujas.
Solo un círculo blanco, despojado de todo movimiento, como si el tiempo se hubiese cansado de sí mismo.


Me quedé mirándolo, esperando que ocurriera algo, una señal mínima: un latido, un giro, una sombra en su centro.

Nada.
El silencio de los andenes amplificaba esa ausencia, convirtiéndola en certeza: aquí, el tiempo había dejado de correr.

Las huellas en el suelo contaban que alguien había pasado antes, pero ya no importaba cuándo.
Y comprendí, de pronto, que sin agujas no había espera posible.
El futuro no llegaría jamás.