La silla vacía en movimiento

La encontré balanceándose, sola, en medio de la habitación.
Un vaivén lento, constante, como si alguien se hubiera levantado segundos antes de que yo entrara.

Pero no había nadie.
Las ventanas cerradas.
El aire quieto, denso, casi inmóvil.

Me quedé observando ese movimiento imposible, hipnótico, como si la madera tuviera memoria propia. Cada crujido leve parecía un susurro que no alcanzaba a pronunciar palabras.

Quise detenerla con la mano, pero me quedé inmóvil.
Porque comprendí que no era la silla lo que se movía, sino la ausencia que había dejado quien ya no estaba.
Y ese vacío, más que cualquier presencia, se balanceaba frente a mí.