El eco de nadie

Abro la puerta y la casa me recibe con un silencio extraño, más pesado que cualquier ruido.
No hay pasos, ni voces, ni el roce de una silla movida en la cocina. Solo el aire quieto, denso, como si hubiese decidido detenerse conmigo.

Camino despacio por el pasillo, rozando con los dedos las paredes frías.
Me atrevo a llamar en voz baja, pero mi propia voz regresa como un eco apagado que no pertenece a nadie.
Las habitaciones me observan vacías, con la luz filtrándose en líneas débiles que apenas iluminan lo justo para recordar que sigo aquí… solo.

La casa parece intacta, pero ya no me reconoce.
Y yo tampoco la reconozco a ella.
Porque lo que falta no es un objeto ni un gesto, sino la presencia que hacía de este lugar un hogar.

Ahora, solo queda el eco de nadie.