No sé cuántos minutos han pasado. Podrían ser horas.
La rendija sigue ahí, como una cicatriz en la pared. Una línea de luz que no cambia, que no crece, que no se apaga.
La rendija sigue ahí, como una cicatriz en la pared. Una línea de luz que no cambia, que no crece, que no se apaga.
Apoyo las manos contra el muro áspero. El frío se cuela por la piel, como si la piedra quisiera recordarme que está viva, que no me dejará pasar.
El aire está quieto, tan quieto que puedo escuchar mi propio pulso retumbar en mis oídos.
El aire está quieto, tan quieto que puedo escuchar mi propio pulso retumbar en mis oídos.
A veces me acerco tanto a la rendija que siento que podría absorberme, pero la luz no me llama. Solo está.
Sin prisa, sin promesa.
Y yo espero… porque no hay nada más que pueda hacer.