El golpe aún no ha llegado, pero el mundo ya se ha quebrado.
Todo flota: los cristales, los objetos, incluso mi propio cuerpo atrapado en un aire que se ha vuelto espeso, inmóvil, irrespirable.
No sé si sigo vivo o si esta quietud es el umbral de otra cosa.
El tiempo se ha roto en mil fragmentos, igual que el parabrisas que cuelga congelado en un mar de astillas.
Siento el corazón detenido a medio latido, como si dudara de seguir empujando sangre o rendirse en este vacío.
Este segundo no es un segundo.
Es una eternidad que me encierra, una frontera invisible donde el pasado aún existe, pero el futuro no se atreve a aparecer.
Quizá nunca llegue.
Quizá ya estoy atrapado aquí para siempre, en el instante que nadie más recordará